Estación Sufragio: Primero el hombre, luego el partido

Por Adalberto Carvajal
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¿Podría realmente ser el próximo presidente de la república un ciudadano sin partido?

En medio del desprestigio y de lo que llamó alguien, una auténtica conspiración contra los partidos, las principales fuerzas políticas del país se reestructuran, buscando fortalecerse o, en el último de los casos, sobrevivir.

Para muchos mexicanos, el fin de la partidocracia es el siguiente paso en una transición democrática que primero nos trajo la alternancia. Mas, ¿podría realmente ser el próximo presidente de la república un ciudadano sin partido? Las condiciones de competencia que estos institutos políticos han creado para seguir siendo un requisito indispensable para la participación electoral, restan posibilidades al triunfo de un candidato independiente. 

Otra cosa sería que el abanderado del partido que gane las elecciones presidenciales de 2018 no sea militante o ni siquiera simpatizante de esas siglas. Es decir, que el esquema del candidato externo que ya se vio en las legislaturas locales, el Congreso de la Unión o las gubernaturas, llegue al máximo cargo de elección popular.

Según la Constitución y la Ley General que regula a los partidos políticos, estos institutos que cuentan con personalidad jurídica y patrimonio propio, tienen como finalidad promover la participación del pueblo en la vida democrática, contribuir a la integración de los órganos de representación política y organizar a los ciudadanos para hacer posible el acceso de éstos al ejercicio del poder público.

Sin embargo, en cuanto a marca, hoy en día la mayoría de los partidos suponen un lastre para cualquier eventual candidato. Pasaron de representar un valor agregado, un voto duro en el cual basar una aspiración personal con un determinado capital político, a suponer un costo político.

Para compensar esta economía de las siglas, el sistema de partidos ya probó estrategias como la de lanzar nuevas marcas que no arrastren el descrédito de los partidos tradicionales, o registrar candidatos comunes en alianzas o coaliciones.

Se habla de la mala fama de los políticos, incluso, de la degradación de toda la clase política, pero es la credibilidad de los partidos la que está por los suelos. Paradójicamente, en los últimos procesos electorales hemos visto surgir la figura del candidato-partido. 

Este es un actor político que, como Andrés Manuel López Obrador, encarna en sí mismo todo lo que proyecta Morena como partido emergente, o como Enrique Alfaro, quien al refundar Movimiento Ciudadano en Jalisco se ha convertido en sinónimo de esa fuerza no sólo en su estado sino a nivel nacional, opacando al dueño de la franquicia: Dante Delgado.

Los teóricos de la política consideran a estos nuevos cabecillas un retroceso en la vida institucional. De hecho, en el discurso histórico del PRI se habla como momento fundacional el año 1929 cuando terminó la era de los caudillos y dio paso, con el nacimiento del Partido Nacional Revolucionario, a la era de las instituciones.

No olvidemos que el PNR fue refundado como Partido de la Revolución Mexicana en 1938, cuando el presidente Lázaro Cárdenas terminó por someter a quien había sido el Jefe Máximo de la Revolución y fundador del partido de Estado, Plutarco Elías Calles. Y que en 1946 el PRM se transformó en el actual Partido Revolucionario Institucional, para eliminar todo rastro del cardenismo.

Desde esos años, con el interludio de la docena en que el PAN fue partido gobernante, el PRI sirvió a los intereses del mandatario en turno. Ya con Vicente Fox y Felipe Calderón en la Presidencia de la República, el PRI fue controlado por los gobernadores de extracción priista. Pero con Peña Nieto volvió el titular del poder ejecutivo a ser el jefe nato del Partido.

 

PEÑA NIETO YA QUIERE AL PRI:

Si alguna (sana) distancia hubo entre el Gobierno federal y el PRI se debió a la voluntad de estadistas que no se sentían identificados con el partido que los llevó al poder, o lo veían como un estorbo. Así pasó con Ernesto Zedillo y también se vio el desinterés de Peña Nieto hasta que, la semana pasada, Los Pinos dejó en claro que al partido lo controla el Presidente. No su presidente del comité ejecutivo nacional, Enrique Ochoa Reza, sino Enrique Peña, el primer priista de la nación.

En la residencia oficial se tomaron las decisiones que llevaron a la ex canciller Claudia Ruiz-Massieu Salinas a la secretaría de Organización del PRI, en sustitución del senador Arturo Zamora, quien se registró como candidato de unidad a la Confederación Nacional de Organizaciones Populares, uno de los sectores pilares del PRI, cuando fue inviable la llegada del ex gobernador de Oaxaca, José Murat, quien terminó refugiándose en la Fundación Colosio, sin duda por la voluntad presidencial. 

EPN fue también quien determinó que Carolina Monroy renuncie a la secretaría general del CEN, a donde subirá por prelación la sobrina del ex presidente Carlos Salinas de Gortari e hija de José Francisco Ruiz Massieu, el ex gobernador de Guerrero que fue asesino en 1994, luego del magnicidio del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio, cuando fungía como secretario general del PRI y se apuntaba para coordinar la bancada tricolor en San Lázaro.

De frente a las elecciones de este año, cuando se disputará el estado de México, uno de los baluartes que le quedan al PRI, entre otras gubernaturas, y ante la perspectiva de perder la presidencial de 2018 si no corrige el rumbo, la administración Peña Nieto toma el control del Partido. Si bien, tal vez sea para evitar que las huestes se desborden cuando el mexiquense negocie la entrega del poder.

Acción Nacional es el partido cuya marca conserva todavía un mayor prestigio que el de sus cuadros. La eventualidad de que se aplique la ley del péndulo de un sistema bipartidista y los panistas regresen a Los Pinos, hace más violenta la disputa interna. Pese a todo, la militancia del blanquiazul está más acostumbrada a estas riñas y, por más dura que resulte la competencia por la candidatura presidencial entre Ricardo Anaya y Margarita Zavala, la unidad se restaurará.

 Por lo pronto, los alcances de una concertación del PAN con Peña Nieto se verán en el Edomex, donde le pagarán a Josefina Vázquez Mota el favor de si no haber servido como una candidata testimonial, sí haber dividido el voto antiPRI en los comicios de 2012.

 

EL PRD BUSCA SOBREVIVIR:

Para el PRD el asunto no es la reivindicación del Presidente de la República como líder natural del partido, ni la oportunidad de usar la ventaja de las siglas para competir por la jefatura del Estado, como en el PAN. El tema es la sobrevivencia.

En el Sol Azteca ya quedó claro que el dilema es si irán con López Obrador o, definitivamente, pierde el Partido de la Revolución Democrática su posición como tercera fuerza electoral, la principal de izquierda. Al final, los perredistas se hartaron de los afanes entreguistas de los Chuchos y, sin medir las consecuencias, militantes distinguidos se han pronunciado por Andrés Manuel como candidato presidencial, olvidándose de la alternativa que pudo representar en algún momento el jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera.

Miguel Barbosa Huerta, coordinador de la bancada del PRD en la cámara alta, no fue el primero en decantarse por el Peje. Antes de él se habían ido a Morena los senadores Mario Delgado, Rabindranath Salazar y Zoé Robledo. Y cinco más de un grupo en el Senado que originalmente conformaban 22 legisladores, se fueron a otras fuerzas o se declararon independientes.

AMLO acaba de anunciar que rumbo al 2018 más líderes del PRD e incluso del PAN y del PRI se unirán a su movimiento. Y la verdad, le creo.

 

Mi correo: carvajalberber@gmail.com. Esta columna también se puede leer en: http://www.aacb2.com

 


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