Dos relatos de cantina

Por Juan Diego Suárez Dávila
Publicada el

Jd

Coralia

En la cantina, el ruido de la música saltaba lo estridente; a pesar de la algarabía se alcanzó a oír el grito “Coralia, ya llegó tu novio”. Y sí, a la entrada, con su complexión de siempre apareció el mentado. Ella solo hizo un gesto de enfado. Él traía consigo su inmensa carga sobre los hombros. Se dirigió hacia las mesas que normalmente atiende Coralia y se sentó.

Coralia es una mujer de cara redonda, ojos azabache, labios hinchados y un cuerpo que seguramente tuvo mejores años. Sin embargo mantenía su gracia primigenia, aunque ya no levantaba los mismos suspiros que alguna vez arrancó en muchos hombres. Ella sabía que mantenía su atractivo porque le rendía homenaje cotidiano a su colección de pinturas y polvos.

El “novio”*, era un hombrecito enjuto, moreno, rostro triangular, ojos hundidos,  bigote abundoso y una sonrisa fácil. Cuando acudía a la cantina, puesto que vería a Coralia, vestía sus mejores ropas: camisas de seda de colores impresionantes, regularmente con estampados de caballos encarrerados, tigres enfurecidos u osos en actitud de abrazar a la víctima. Botas de impecable limpieza y cinto piteado.

Ella, a pesar de los desdenes a los que lo sometía, debía atenderlo, puesto que estaba en una de sus mesas. Él solicitaba una cerveza. Ella reclamaba porque no pedía una cubeta. Debía hacer lo mismos que los otros clientes. En la cantina la costumbre es que pidas una cubeta rebosante de hielo y con diez cervezas. Con eso evitas que la mesera dé demasiadas vueltas. A él le gustaba así, de una en una, y para él solo, pues cada vez que se terminara su cerveza,  ella tendría que servirle otra. Era un buen pretexto para aspirar su olor, recibir de cerca su presencia, casi sentir la piel dentro de sus ojos.

Ella continuaba con su atención a los tomadores, por acá le hacían una broma “órale mamacita, si te portas bien sacarás un premio; mira lo que te espera si no me dejas seco; que falte la botana, pero no la cerveza; con esas nalgas, contigo hasta el infierno”; por allá le llamaban “Coralia, no me abandones chiquita”; por acá “tómate una conmigo y te irá bien”.

Y él la observaba contonearse entre las mesas; coquetear salerosa y lanzar puyas; responder con un ligero pellizco a quien le daba una palmada en la cadera. Siempre con gracia y enorme agilidad para no tirar las botellas. Para él sólo existía el “ya te la acabaste ¿te traigo otra?”. “Sí, otra” con una sonrisa abnegada.

Una a una consumía sus cervezas. La sesión concluía cuando él se caía de borracho. Ya no podía caminar y le llamaban un taxi para que se lo llevara con su embriaguez y su enorme carga de amor.

***

 

Sin el grupo

Tenía una voz de timbre agradable. Aunque sólo le quedaba una pierna, se subía a un taxi y llegaba a la cantina cuando la música estaba en su esplendor. “Colega, déjame echar un palomazo”. Así que se ponía a cantar las canciones de su artista preferido porque le gustaba imitarlo.  Los comensales de la cantina le decían que cantaba igualito a él. Eran dos, máximo tres piezas las que interpretaba. Luego, con sus muletas y muchas dificultades deambulaba por las mesas recogiendo los óbolos que los parroquianos le obsequiaban.

A veces se sentaba a una mesa a charlar y a tomar la copa.

- Felipe ¿por qué ahora andas de trovador solitario, si antes tenías un conjunto musical?

- Con el grupo tenía que compartir las ganancias, y así no. Gano más ahora.

 


* Perdóneme: nunca supe su nombre


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