CartapacioS: Muelas 2

Por Juan Diego Suárez Dávila
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Oí el traquido. Al caer la piedra arrastró con ella la astilla de mi muela a la que estaba amarrada. Sentí como si me hubieran jalado de las entrañas. El borbotón de sangre no paraba. ¿Pos qué hiciste? me preguntó mi madre. Sacarme los pedazos de muela que me estaban doliendo. ¡Ah, muchacho este! Tomó un vaso, le puso agua con sal y me dijo haz buches por el lado donde te arrancaste el pedazo, es pa’que pare la sangradera. Así lo hice y se detuvo.

“El tío León XII se ocupó de los detalles de la operación como si hubiera sido en carne propia. Tenía un interés singular en las dentaduras postizas, contraído en una de sus primeras navegaciones por el río de La Magdalena, y por culpa de su afición maniática por el bel canto. Una noche de luna llena, a la altura del puerto de Gamarra, apostó con un agrimensor alemán que era capaz de despertar a las criaturas de la selva cantando una romanza napolitana desde la baranda del capitán. Por poco no ganó. En las tinieblas del río se sentían los aleteos de las garzas en los pantanos, el coletazo de los caimanes, el pavor de los sábalos tratando de saltar a tierra firme, pero en la nota culminante, cuando se temió que al cantor se le rompieran las arterias por la potencia del canto, la dentadura postiza se le salió de la boca con el aliento final, y se hundió en el agua” (Gabriel García Márquez. El amor en los tiempos del cólera. P145)

Hace unos días tuve que acudir al dentista. Muelas con amalgama deshecha, dientes con puntos de caries y limpieza general. Con las modernas tecnologías y con las anestesias ya no somos sometidos a las terribles torturas de mis años mozos. Pero sólo al oír los terribles zumbidos de las máquinas empieza unos a sudar por todos lados. Más cuando la odontóloga me dijo que no necesitaría anestesia. ¡Ah, qué la chingada! me agarré de los posamanos del angustioso sillón. Los chorros de agua me escurrían por la frente. Me dijo abra la boca, me metió una manguera que aspiraba el agua que salía del taladro. Y empezó su trabajo. Las piezas que ya tenían huecos fueron las primeras en ser limpiadas y rellenadas con nuevas resinas. Todo el tiempo estuve seguro de que me dolerían hasta las médulas.

“El buque tuvo que demorarse tres días en el puerto de Tenerife, mientras le hacían otra dentadura de emergencia. Quedó perfecta. Pero en la navegación de regreso tratando de explicarle al capitán cómo había perdido la dentadura anterior, el tío León XII aspiró a pleno pulmón el aire ardiente de la selva, dio la nota más alta de que fue capaz, la sostuvo hasta el último aliento tratando de espantar a los caimanes asoleados que contemplaban sin parpadear el paso del buque, y también la dentadura nueva se hundió en la corriente. Desde entonces tuvo copias de dientes en todas partes, en distintos lugares de la casa, en la gaveta del escritorio, y una en cada uno de los tres buques de la empresa. Además, cuando comía fuera de casa solía llevar otra de repuesto en el bolsillo dentro de una cajita de pastillas para la tos, porque una se le había quebrad

lágrimas. Me dijo la doctora que si me ponía anestesia, le respondí que sí porque ya no era tan valiente como cuando estaba chiquillo. Sacó una aguja gigantesca y me la encajó en las encías. Después ya no sentí nada, solo el olor a cuerno quemado que surgía de la pulidora. Terminó y pagué. Salí a la calle y sentí que la cabeza se me caía hacia el lado que me habían insensibilizado. El cachete gordo y la saliva escurriéndome porque traía la boca media abierta.

“Temiendo que el sobrino fuera víctima de sobresaltos similares, el tío León XII le ordenó al doctor Adonay que le hiciera de una vez dos dentaduras: una de materiales baratos, para uso diario en la oficina, y otra para los domingos y días feriados, con una chispa de oro en la muela de la sonrisa, que le imprimiera un toque adicional de verdad. Por fin, un domingo de ramos alborotado por campanas de fiesta, Florentino Ariza volvió a la calle con una identidad nueva, cuya sonrisa sin errores le dejó la impresión de que alguien distinto de él había ocupado su lugar en el mundo” (El amor en los tiempos del cólera, p 145-146).

o tratando de comerse un chicharrón en un almuerzo campestre (El amor en los tiempos del cólera, p. 146).

Hubo varios toques en zonas sensibles de mi dentadura. Pujé y se me salieron las

 

 


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