CartapacioS: Muelas

Por Juan Diego Suárez Dávila
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Juandiego

Hace unos días tuve que ir al dentista. El diagnóstico fue preciso: las amalgamas metálicas con base en mercurio, son dañinas. Mire, ya se le destaparon tres muelas y las otras van en proceso. Así que es necesario quitar esos tapones y poner otros nuevos, porque las anteriores, sin que usted se dé cuenta se las ha ido comiendo. Me imaginé lleno de mercurio, como un termómetro. Mi esposa me dijo que cuando me enojo me sube la temperatura  y me pongo colorado.

Me quedé con la impresión de que me pasaría lo mismo que a Florentino Ariza en “El amor en los tiempos del cólera” de Gabriel García Márquez, para quién “La pérdida de los dientes, en cambio, no había sido por una calamidad natural, sino por la chapucería de un dentista errante que decidió cortar por lo sano una infección ordinaria. El terror a las fresas de pedal le había impedido a Florentino Ariza visitar al dentista a pesar de sus continuos dolores de muelas, hasta que fue incapaz de soportarlos. Su madre se asustó al oír toda la noche los quejidos inconsolables en el cuarto contiguo, porque le pareció que eran los mismos de otros tiempos ya casi esfumados en las nieblas de su memoria, pero cuando le hizo abrir la boca para ver dónde era que le dolía el amor, descubrió que estaba postrado de postemillas” (p. 145).

De niño, las famosas postemillas me eran muy dolorosas, me inflamaban las mejillas y sentía las muelas una, la cercana a la postema, más alta que las otras. El DRAE solo la define así: “postemilla: 1. f. Arg., El Salv., Méx., Nic., R. Dom. y Ur. Absceso en la encía”. Así que hay que viajar a absceso, que es descrito así: “ Del lat. abscessus 'tumor'. m. Med. Acumulación de pus en los tejidos orgánicos”. En última instancia es una especie de llaga o úlcera que por alguna infección se nos forma en la boca, me explicó la dentista que se ocupa de mí.

Por supuesto, no había recursos, ni dentistas que nos atendieran; mi madre al ver los dolores que padecíamos nos ponía un clavo de olor justo donde teníamos la pústula. Si había uva pasa, también nos la ponía. Había que ser muy cuidadosos para no tragarnos el remedio. Si un diente de los de leche se nos empezaba a podrir, así decíamos, nos amarrábamos un hilo muy fuerte y de sorpresa le dábamos un jalón para sacar las raíces que se empecinaban en no caer.

“El tío León XII le mandó al doctor Francis Adonay, un gigante negro de polainas y pantalones de montar que andaba en los buques fluviales con un gabinete dental completo dentro de unas alforjas de capataz, y parecía más bien un agente viajero del terror en los pueblos del río. Con una sola mirada dentro de la boca, determinó que a Florentino Ariza había que sacarle hasta los dientes y muelas que le quedaban sanos, para ponerlo de una vez a salvo de nuevos percances. Al contrario de la calvicie, aquella cura de burro no le causó ninguna preocupación, salvo el temor natural de la masacre sin anestesia. Tampoco le disgustó la idea de la dentadura postiza, primero porque una de las nostalgias de su infancia era el recuerdo de un mago de feria que se sacaba las dos mandíbulas y las dejaba hablando solas en una mesa, y segundo porque le ponía término a los dolores de muelas que lo habían atormentado desde niño, casi tanto y con tanta crueldad como los dolores de amor. No le pareció un zarpazo artero de la vejez, como había de parecerle la calvicie, porque estaba convencido de que a pesar del aliento acre del caucho vulcanizado, su apariencia sería más limpia con una sonrisa ortopédica. De modo que se sometió sin resistencia a las tenazas al rojo vivo del doctor Adonay, y sobrellevó la convalecencia con un estoicismo de un burro de carga” (ídem).

 

Una ocasión no se me caía una muela y me dolía mucho. ¡Ay, dios! ¡Cuánto sufrimiento! Sin decirle a nadie ideé un procedimiento para extraer el molar molesto. Amarré una piedra con una cuerda de trompo, me subí con ella a la rama más inclinada del huamúchil que estaba en el solar donde vivíamos,  como pude me amarré la muela en el otro extremo de la cuerda, respiré hondo, me agarré fuerte de una rama y tiré la piedra hacia abajo, oí que algo tronó dentro de mi boca y vi cómo salía el pedazo y la sangre (continuará).


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