CartapacioS: Golondrinos

Por Juan Diego Suárez Dávila
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Jd

Hace muchos años, de recién aparecida la realista y mágica novela de Gabriel García Márquez “Cien años de soledad” (ahora consulto la edición conmemorativa que realizaron las academias de la lengua española y que editó Alfaguara en 2007) aparte del deslumbre poético y narrativo que provoca la maravillosa obra, hubo ingredientes que me dejaron en el pleno mundo de la ignorancia. El hecho de que su autor fuera colombiano necesariamente marcaría con presión imborrable el uso del lenguaje, el texto y la cosmovisión que se implantaría en ese espléndido mundo que tenía como centro a Macondo.

En la trama hay una reiterativa aparición de una especie de enfermedad que anidaba sus achaques en las axilas:

Úrsula […] “encontró al coronel Aureliano Buendía en el cuarto del cepo, tendido en un catre y con los brazos abiertos, porque tendía las axilas empedradas de golondrinos.” ya para irse, después del diálogo la madre le dice al hijo “ponte piedras calientes en los golondrinos” (p.148 -149).

El coronel sigue en la antesala de la muerte; la víspera del cumplimiento de su sentencia “pasó la noche atormentado por el dolor de los golondrinos […] “ya vienen, se dijo […] la puerta se abrió y entró el centinela con un tazón de café. Al día siguiente a la misma hora todavía estaba como entonces, rabiando con el dolor de las axilas, y ocurrió exactamente lo mismo” (p.151).

Al borde de la muerte, García Márquez  nos pone al coronel Aureliano Buendía bromeando con sus posibles ejecutores con todo y la presencia de la enfermedad: “En el correo del lunes llegó la orden oficial: la ejecución debía cumplirse en términos de veinticuatro horas. Esa noche los oficiales metieron en una gorra siete papeletas con sus nombres, y el inclemente destino del capitán Roque Carnicero lo señaló con la papeleta premiada. ‘La mala suerte no tiene resquicios’, dijo él con profunda amargura. ‘Nací hijo de puta y muero hijo de puta’. A las cinco de la mañana eligió el pelotón por sorteo, lo formó en el patio, y despertó al condenado con una frase premonitoria:

-Vamos Buendía –le dijo-. Nos llegó la hora.

- Así que era esto –replicó el coronel-.  Estaba soñando que se me había reventado los golondrinos” (p.152).

Por alguna circunstancia que no diré aquí, el coronel Aureliano Buendía se salva. Después de varias guerras, regresó a su casa: “llegó vejado, escupido, acusado de haber recrudecido la guerra, solo para venderla más cara. Temblaba de fiebre y de frío y tenía otra vez las axilas empedradas de golondrinos” (p. 200-201).

La empedernida enfermedad la cargaría hasta su muerte. Un poco antes de la ocurrencia fatal, todavía el autor nos sigue mostrando cómo la dolencia la trae bien arraigada en los sobacos (me negaba a usar la palabra, pero ahí está) y cómo lo alivian: “poco después, cuando su médico personal acabó de extirparle los golondrinos, él le preguntó sin demostrar un interés particular cuál era el sitio exacto del corazón. El médico lo auscultó y le pintó luego un círculo en el pecho con algodón sucio de yodo” (p. 204)

La RAE, en la acepción quinta de la palabra golondrino nos dice que es “m. Inflamación infecciosa de las glándulas sudoríparas de la axila”. Pero a nosotros por acá nos sigue quedando confusa, así que recurrí a un amigo versado en eso de la colombianés y me explicó que “el nombre correcto de esta patología es el de hidradenitis supurativa (o supurada). Lo de “golondrino” es un término que se usa coloquialmente pero que no forma parte del lenguaje médico.
La hidradenitis supurativa (HS) es una patología inflamatoria crónica frecuente (con una prevalencia estimada del 1-4%), sobre todo en mujeres, que suele manifestarse después de la pubertad (la edad media de presentación es de 22 años) en áreas ricas en glándulas apocrinas.

Me quedé en las mismas y acepté la explicación que me amplió un tanto el horizonte


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